INTRODUCCION
Un misterio entre dos misterios.
Un misterio de apariencia humana
entre dos misterios divinos.
Los años oscuros de Jesús.
La vida del ser predestinado en quien, desde hace dos mil años, cientos de millones de hombres han encarnado sus aspiraciones religiosas es, en las nueve décimas de su duración, ignorada. El misterio de la Natividad ha sido relatado y comentado desde hace veinte siglos por millones de fieles; el misterio de la Pasión y de la Resurrección es familiar a la mayoría de aquellos, creyentes o incrédulos a quienes preocupa su destino, pero los treinta años intermedio de Jesús, eso treinta años esenciales en toda formación humana (infancia, adolescencia, madurez) es, casi, como si no hubieran existido.
En tanto que Poncio Pilatos o Herodes, que no debieran haber quedado en la memoria de los hombres, sino por el hecho de haber sido sus contemporáneos, se benefician todavía ahora de cronologías casi completas; en tanto que Mahoma, Calvino, Voltaire, que han hecho la competencia, reformado o negado la tradición de su Iglesia, no ofrecen materia para el enigma, no existen sobre Jesús, de uno a treinta y un años, más que algunas líneas de un Evangelio y bien pocos comentarios.
En el Evangelio según San Lucas, después del retorno del recién nacido con su madre y José, de Belén a Nazareth, diez palabras sugieren que Jesús ha conocido, como toda criatura humana, las etapas del crecimiento físico y del desarrollo moral: “Entretanto el niño crecía, se desarrollaba y se llenaba de sabiduría”. A los doce años, son confirmados sus progresos: “En cuanto a Jesús, crecía en sabiduría, en talla y en gracia delante de Dios y de los hombres.”
En este momento de su edad aparece el solo episodio preciso que se conozca sobre estas tres décadas. Sus padres van a Jerusalén, como cada año, por la fiesta de la Pascua judía y, al término de su estancia, emprenden el camino de regreso: “El niño Jesús se quedó en Jerusalén sin saberlo sus padres. Creyéndole en la caravana, hicieron una jornada de camino, después se pusieron a buscarle entre sus parientes y conocidos. Pero no habiéndole encontrado, se volvieron , siempre en su búsqueda, a Jerusalén.
“Al cabo de tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y planteándoles cuestiones, y todos lo que le escuchaban quedaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas. A su vista quedaron transidos de emoción y su madre le dijo: “Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto?. Mira, tu padre y yo buscábamos angustiados?. Él les respondió: ¿Y por qué me buscabais? ¿No sabéis que me debo a los asuntos de mi Padre?” Pero ellos no comprendieron lo que les decía.
“Volvió a descender entonces con ellos y volvió a Nazareth y les estuvo sumiso. Y su madre guardaba fielmente todos sus recuerdos en su corazón.”
Tales son, citados íntegramente, los únicos trozos evangélicos, relativos a los años oscuros.
La liturgia de la Pasión, en el Oficio del Viernes Santo, los evoca solamente en dos versos del himno de Venance Fortunat:
“Lustra sex qui jam peregit, Tempus implens coporis.”
(“Habiendo cumplido en seis lustros El tiempo de su vida corporal.”)
Pascal les consagra una frase: De treinta y tres años, vivió treinta sin aparecer.
En cuanto a los Evangelios apócrifos, que contienen algunos relatos relativos a los años oscuros, se puede decir con Daniel Rops que “el biógrafo de Cristo tiene un cierto derecho a despreciarlos radicalmente; tan ligera es la pincelada de informaciones que aportan en complemento del Nuevo Testamento” 1.
Tal es la pobreza de informacion es que se poseen sobre los treinta años. Esto sería poco si se tratase de escribir una biografía. ¿Será suficiente para reencontrar un itinerario espiritual, que es el objeto de este libro?.
Qué pocas huellas han dejado estas tres décadas, las más preñadas de consecuencias que haya vivido un ser sobre la tierra. Qué pocos vestigios nos quedan de estos treinta años, durante los cuales Jesús preparó su predicación; de estos treinta años que, por añadidura, se encuentran entre los más indiscutiblemente judíos de su vida.
Quizá porque transcurren en un medio judío han permanecido oscuros. El pensamiento judío han permanecido oscuros. El pensamiento judío auténtico, el de la Biblia y el Talmud, que se prolonga en tiempo de Jesús, está poco interesado por los hechos cuando éstos no presentan un importancia espiritual o religiosa. La vida de un hombre, aún eminente, aún trascendente, no le interesa sino en los momentos en que manifiesta la voluntad de Dios.
Cuando se trata de Moisés, la Biblia relata su nacimiento y da muchos detalles sobre el hecho inicial de su predestinación. Después una serie de años oscuros cortados solamente por un episodio aislado, hasta el momento en que su destino se confunde estrechamente al del pueblo elegido por Dios: sólo entonces su biografía abunda en acontecimientos precisos.
Ocurrirá con Jesús en el Nuevo Testamento como con Moisés en el Antiguo, “De lo que había pasado antes de su encuentro con Juan el Bautista –escribe el historiador israelita Klausner–, ni los judíos, ni Jesús mismo se inquietaron. En efecto, ¿qué tenía un interés únicamente religioso y no servía sino para mostrar la intervención de Dios en el destino de la humanidad?.
De donde el silencio observado por los judíos, o judaizantes, del primer siglo de la Era Cristiana sobre esos treinta años de Jesús: no parecían en su tiempo importar suficientemente a Dios para merecer súper vivir. Pero en el desarrollo presente del mundo es posible que los treinta años vengan a tener la actualidad.
Un joven niño judío acaba de nacer, hace cerca de dos mil años, en un cantón de Palestina, donde la religión de Israel ha conservado su pureza.
Descifrando, después de veinte siglos, algunos puntos de la zona desconocida que persiste en su existencia, no ligándose a hechos irremediablemente perdidos, sino a las influencias históricas y espirituales que rodean su destino, esta obra tiene tres razones de ser: recordar quizá a ciertos judíos algunos trazos de su religión; entregar posiblemente a los cristianos el sentido de sus orígenes; actualizando, en fin, el drama antiguo del drama contemporáneo de la civilización cristiana que, sino extrayendo, una vez más, pero con discernimiento el fondo sagrado de Israel del que fue nutrido Jesús durante su tiempo de formación.
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1 Amiot: Evangelies Apocryphes, introducción por Daniel-Rops, pág. 5.
1 comentarios:
Muy interesante la comparacion del tiempo en que no se describi la niñez de Moises con los primeros años de Jesus y el pensamiento Judio.......
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