miércoles 6 de agosto de 2008

LOS AÑOS OSCUROS DE JESÚS

JUSTIFICACIÓN DE LA EDICIÓN ESPAÑOLA
Los años oscuros de Jesús, el tiempo que transcurre desde los acontecimientos primeros consignados en los Evangelios de San Mateo y San Lucas hasta el comienzo de la vida pública del Maestro, han debido ser de una importancia insospechada para el estudio de la figura de Cristo, y sin embargo, constituyen una tremenda incógnita para nosotros por la falta desoladora de datos.
Robert Aron, un fino escritor judío francés, ha decidido abordar el problema de los años oscuros de Jesús. En realidad, el libro es ante todo una síntesis del pensamiento teológico judío y en la que Jesús sirve más bien de punto constante de referencia. Por otra parte, se insiste en la decisiva dependencia de la doctrina evangélica con relación al pensamiento talmúdico.
El libro, sin duda, será favorablemente acogido en España, donde más bien diríamos que faltan obras que presenten con vitalidad la religión judaica y más concretamente su pensamiento profundamente idealista, la moral y las prácticas talmúdicas, expuestas con la sencillez, la claridad y el sentido de penetración profunda que caracterizan a la obra de Robert Aron. Además, el tema es de especial actualidad porque se sabe que tanto por parte de la Iglesia Católica como del judaísmo existe hoy en día un movimiento que intenta buscar una mutua comprensión y acercamiento, si acaso no fuera posible en el termino de las ideas, al menos en el de las relaciones humanas. Buena prueba de ellos son, por ejemplo, las normas dictadas por la Santa Sede para suprimir de la liturgia las expresiones que pudieran tomarse como ofensivas para el pueblo judío.
Por su parte, la obra de Aron es un ejemplo agradable de la “buena voluntad” que caracteriza a este movimiento judío. La figura de Jesús no sólo está tratada con cariño, sino además con un verdadero respeto a las creencias de los cristianos, de tal modo que se han evitado cuidadosamente, en multitud de ocasiones, planteamientos, respuestas y precisiones, que pudieran rozar los dogmas católicos, y, al revés, se han buscado positivamente expresiones capaces de satisfacer a los cristianos, sin traicionar tampoco el propio pensamiento judío. Obsérvese, por ejemplo, cuando habla del Jesús niño como de un ser “predestinado”.
Por lo que se refiere a la dependencia judaica del mensaje cristiano, que Aron recalca con tanta insistencia, es preciso reconocerla, como no era menos de esperar, teniendo tanto los Evangelios como el Talmud un mismo punto de partida: el Antiguo Testamento, habiendo vivido Jesús el ambiente de sinagoga y siendo en ésta donde nace el movimiento cristiano. Hoy, entre los precedentes del cristianismo como religión, los historiadores dan mucha más importancia al elemento judaico que al helenista. No obstante, creo que el autor en alguna ocasión insiste demasiado en las comparaciones entre la doctrina evangélica y el Talmud, sin considerar suficientemente, a mi modo de ver, que una idea caracteriza a una doctrina no tanto por su simple presencia allí, cuanto por el puesto destacado que en ella ocupa. Por otra parte, tampoco se puede olvidar que, aun teniendo en cuenta su larga prehistoria oral y parcialmente escrita, la redacción del Talmud de Jerusalén es de finales del siglo IV y la del de babilonia del siglo VI, en tato que los Evangelios estaban ya redactados al finalizar el siglo I, todo lo cual obliga a tener mucha cautela cuando se trata de señalar dependencias entre unos y otros.
Fácilmente llamará la atención al lector la apología que se hace de los fariseos y su doctrina, así como la dura critica de la presencia helenistica y romana en el ambiente judío. Figuras como Herodes el Grande, que después de las sugerencias de Toynbee, estábamos acaso dispuestos a sobre valorar en demasía, son aquí rudamente combatidas.
Es interesante notar cómo el autor descarga la responsabilidad de la muerte de Cristo sobre los helenizantes y paganos, salvando a los fariseos; cómo no deja de mostrar su poca simpatía por los sacerdote judíos de ideas religiosas más helenizantes, y aun sus reservas en relación con el templo y hasta con el mismo culto sacerdotal, mostrando en cambio sus preferencias por el culto típico de la sinagoga. Éstas son ideas que si bien nos parecen sugerentes y de indudable valor, no pueden ser compartidas por nosotros en su totalidad, al igual que el hecho de que el cristianismo pueda considerarse, sin más, como el efecto del conflicto cultural y religiosos creado entre Israel y Roma, y otras ideas semejantes.
Estamos seguros que esta obra de Aron será acogida por el lector con el interés y la atención que merece, pues resulta de una extraordinaria utilidad para comprender el ambiente semita en el que se desarrolla la predicación de Jesús, la técnica literaria y la dialéctica de los evangelistas, y por los mismo para ir penetrando en el propio sentido de la doctrina evangélica.
P. JOAQUÍN G. ECHEGARAY
Jerusalén, julio 1962