martes 19 de agosto de 2008

LOS AÑOS OSCUROS DE JESÚS

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INTRODUCCION

Un misterio entre dos misterios.

Un misterio de apariencia humana

entre dos misterios divinos.

Los años oscuros de Jesús.

La vida del ser predestinado en quien, desde hace dos mil años, cientos de millones de hombres han encarnado sus aspiraciones religiosas es, en las nueve décimas de su duración, ignorada. El misterio de la Natividad ha sido relatado y comentado desde hace veinte siglos por millones de fieles; el misterio de la Pasión y de la Resurrección es familiar a la mayoría de aquellos, creyentes o incrédulos a quienes preocupa su destino, pero los treinta años intermedio de Jesús, eso treinta años esenciales en toda formación humana (infancia, adolescencia, madurez) es, casi, como si no hubieran existido.

En tanto que Poncio Pilatos o Herodes, que no debieran haber quedado en la memoria de los hombres, sino por el hecho de haber sido sus contemporáneos, se benefician todavía ahora de cronologías casi completas; en tanto que Mahoma, Calvino, Voltaire, que han hecho la competencia, reformado o negado la tradición de su Iglesia, no ofrecen materia para el enigma, no existen sobre Jesús, de uno a treinta y un años, más que algunas líneas de un Evangelio y bien pocos comentarios.

En el Evangelio según San Lucas, después del retorno del recién nacido con su madre y José, de Belén a Nazareth, diez palabras sugieren que Jesús ha conocido, como toda criatura humana, las etapas del crecimiento físico y del desarrollo moral: “Entretanto el niño crecía, se desarrollaba y se llenaba de sabiduría”. A los doce años, son confirmados sus progresos: “En cuanto a Jesús, crecía en sabiduría, en talla y en gracia delante de Dios y de los hombres.”

En este momento de su edad aparece el solo episodio preciso que se conozca sobre estas tres décadas. Sus padres van a Jerusalén, como cada año, por la fiesta de la Pascua judía y, al término de su estancia, emprenden el camino de regreso: “El niño Jesús se quedó en Jerusalén sin saberlo sus padres. Creyéndole en la caravana, hicieron una jornada de camino, después se pusieron a buscarle entre sus parientes y conocidos. Pero no habiéndole encontrado, se volvieron , siempre en su búsqueda, a Jerusalén.

“Al cabo de tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y planteándoles cuestiones, y todos lo que le escuchaban quedaban estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas. A su vista quedaron transidos de emoción y su madre le dijo: “Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto?. Mira, tu padre y yo buscábamos angustiados?. Él les respondió: ¿Y por qué me buscabais? ¿No sabéis que me debo a los asuntos de mi Padre?” Pero ellos no comprendieron lo que les decía.

“Volvió a descender entonces con ellos y volvió a Nazareth y les estuvo sumiso. Y su madre guardaba fielmente todos sus recuerdos en su corazón.”

Tales son, citados íntegramente, los únicos trozos evangélicos, relativos a los años oscuros.

Jesus_171La liturgia de la Pasión, en el Oficio del Viernes Santo, los evoca solamente en dos versos del himno de Venance Fortunat:

“Lustra sex qui jam peregit, Tempus implens coporis.”

(“Habiendo cumplido en seis lustros El tiempo de su vida corporal.”)

Pascal les consagra una frase: De treinta y tres años, vivió treinta sin aparecer.

En cuanto a los Evangelios apócrifos, que contienen algunos relatos relativos a los años oscuros, se puede decir con Daniel Rops que “el biógrafo de Cristo tiene un cierto derecho a despreciarlos radicalmente; tan ligera es la pincelada de informaciones que aportan en complemento del Nuevo Testamento” 1.

Tal es la pobreza de informacion es que se poseen sobre los treinta años. Esto sería poco si se tratase de escribir una biografía. ¿Será suficiente para reencontrar un itinerario espiritual, que es el objeto de este libro?.

Qué pocas huellas han dejado estas tres décadas, las más preñadas de consecuencias que haya vivido un ser sobre la tierra. Qué pocos vestigios nos quedan de estos treinta años, durante los cuales Jesús preparó su predicación; de estos treinta años que, por añadidura, se encuentran entre los más indiscutiblemente judíos de su vida.

Quizá porque transcurren en un medio judío han permanecido oscuros. El pensamiento judío han permanecido oscuros. El pensamiento judío auténtico, el de la Biblia y el Talmud, que se prolonga en tiempo de Jesús, está poco interesado por los hechos cuando éstos no presentan un importancia espiritual o religiosa. La vida de un hombre, aún eminente, aún trascendente, no le interesa sino en los momentos en que manifiesta la voluntad de Dios.

Cuando se trata de Moisés, la Biblia relata su nacimiento y da muchos detalles sobre el hecho inicial de su predestinación. Después una serie de años oscuros cortados solamente por un episodio aislado, hasta el momento en que su destino se confunde estrechamente al del pueblo elegido por Dios: sólo entonces su biografía abunda en acontecimientos precisos.

Ocurrirá con Jesús en el Nuevo Testamento como con Moisés en el Antiguo, “De lo que había pasado antes de su encuentro con Juan el Bautista –escribe el historiador israelita Klausner–, ni los judíos, ni Jesús mismo se inquietaron. En efecto, ¿qué tenía un interés únicamente religioso y no servía sino para mostrar la intervención de Dios en el destino de la humanidad?.

De donde el silencio observado por los judíos, o judaizantes, del primer siglo de la Era Cristiana sobre esos treinta años de Jesús: no parecían en su tiempo importar suficientemente a Dios para merecer súper vivir. Pero en el desarrollo presente del mundo es posible que los treinta años vengan a tener la actualidad.

Un joven niño judío acaba de nacer, hace cerca de dos mil años, en un cantón de Palestina, donde la religión de Israel ha conservado su pureza.

Descifrando, después de veinte siglos, algunos puntos de la zona desconocida que persiste en su existencia, no ligándose a hechos irremediablemente perdidos, sino a las influencias históricas y espirituales que rodean su destino, esta obra tiene tres razones de ser: recordar quizá a ciertos judíos algunos trazos de su religión; entregar posiblemente a los cristianos el sentido de sus orígenes; actualizando, en fin, el drama antiguo del drama contemporáneo de la civilización cristiana que, sino extrayendo, una vez más, pero con discernimiento el fondo sagrado de Israel del que fue nutrido Jesús durante su tiempo de formación.

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1 Amiot: Evangelies Apocryphes, introducción por Daniel-Rops, pág. 5.

domingo 10 de agosto de 2008

LOS AÑOS OSCUROS DE JESÚS

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NOTA PRELIMINAR

Los años oscuros de Jesús, esos años que los Evangelios dejan casi enteramente en la sombra. Se sitúan entre su retorno de Belén a Nazareth , en los primeros tiempos de su infancia, y su bautismo por San Juan bautista al comienzo de su predicación. Constituyen, en su existencia en su existencia, un período en el que su destino no comporta ninguno de los signos sobrenaturales que los Evangelios narran en el relato de los acontecimientos anteriores o posteriores. Representa, pues, la parte de la vida de Jesús que un escritor israelita, ligado a sus creencias y representando las de sus hermanos cristianos, puede estudiar sin indiscreción, sin confusión, así como sin renegar de su tradición personal.

Cualesquiera que sena las inagotables dificultades de un tema semejante, existen dos suertes de alientos que incitan a arriesgarse.

De una parte, los de los teólogos cristianos, católicos o protestantes, que, admitiendo la doble naturaleza, humana y divina de Jesús, autorizan implícitamente al autor a limitar su investigación a los datos terrenos de la vida del Nazareno.

Entre ellos, San Cirilo de Alejandría declara: “El prudente Evangelista, habiendo puesto en escena al Verbo hecho carne, muestra cómo cediendo a las exigencias de su propia carne, se plegó a las leyes de la naturaleza que había hecho suya”.

Igualmente; Calvino: “Si no se quiere negar que Cristo haya sido hecho verdadero hombre, no hay porqué tener vergüenza de confesar que se ha sometido voluntariamente a todas las cosas que no pueden estar separadas de la naturaleza humana”.

A juzgar por tales textos, este libro podrá parecer parcial a un espíritu penetrado en la fe cristiana: pero quizá, a pesar de sus limitaciones, no esté, sin embargo, enteramente desprovisto de enseñanzas.

Por otra parte, se sitúa en una tradición intelectual judía, que conviene recordar en el umbral de esta nota preliminar.

Cuando, en septiembre de 1791, la Asamblea Constituyente decidió y votó que todos los judíos de Francia disfrutarían de los derechos civiles con el mismo título que los cristianos, este acto inauguró para los escritores israelitas, emancipados al mismo tiempo que todos sus correligionarios, una de las aventuras espirituales, a la vez más emocionantes y menos conocidas de las que debían marcar el siglo XIX en nuestro país.

Estos hombres, cuyas familias residían a menudo desde hacía siglos sobre nuestro suelo, se veían, por primera vez, asimilados a sus compatriotas, sin que se les pidiese por tanto renegar de su fe religiosa.

Desde hacia siglos, vivían en comunidades cerradas, residían en los barrios especiales de las ciudades, sometidos a menudo a medidas discriminatorias, siempre inseguros de porvenir, siempre marcados desde su infancia por el recuerdo o la huella de las persecuciones pasadas, su cultura era judía al tiempo que francesa. Sus antepasados y ellos mismo, desde hacia siglos, practicaban ese comentario perpetuo de los Libros Santos, que remonta a milenios y que ha constituido siempre el modo original de la meditación judía. La palabra revelada por Dios tenía para ellos a la vez plaza de moral, de sabiduría y de ciencia: en medio de sus contemporáneos, que les rehusaban el estado civil al mismo tiempo que la igualdad, no tenían sino a Dios como apoyo, como consejo, como inspirador.

Es decir que, cuando cayeron las barreras entre sus compatriotas y ellos, abordaron la libertad con un conocimiento judío todavía igual al de las épocas de servidumbre. Y como creían en Dios, como tenían el sentimiento de una alianza particular entre Él y su tradición, tuvieron en primer lugar el deseo de hacer compartir a sus hermanos franceses reencontrados los beneficios de su intimidad con su común creador.

Como escribirá, hacia el final del siglo, uno de los mejores de entre ellos, James Darmesteter: “ Francia, para el judío, no es una patria improvisada en la fiebre de una hora generosa, es una patria reencontrada. Allí, en efecto, la barrera entre judíos y cristianos fue artificial, ficticia y tardía: el odio del pueblo no era una vieja tradición popular y los primeros siglos de nuestra historia nos muestran a los hombres de las dos culturas viviendo juntos sobre un pie de igualdad y en los sentimientos de mutua tolerancia y de mutua estima...”

Evocando esta solidaridad inicial de los cristianos y de los judíos en Francia, James Darmesteter pensaba seguramente en las investigaciones de erudición emprendidas por su hermano Arsene Darmenteter, especialista sobre la Edad Media francesa; éste había demostrado que los comentarios de la Biblia debidos a los rabinos franceses de los siglos X al XIII, entre ellos el del ilustre talmudista Rashi, contienen palabras del francés antiguo, cuya existencia, no conocería sin ellos la filología.

Es pues, una antigua tradición la que los escritores franceses de religión judía, al comienzo del siglo XIX, tienen el sentimiento de reanudar.

Joseph Salvador, que fue el primero de entre ellos que publicó libremente ensayos religiosos y cuya obra hizo hasta tal punto sensación en su época que paul Bourget la cita todavía en sus novelas, consagra un libro a Jesucristo y su doctrina, al encabezamiento del cual declara: “Me importaba sobre todo examinar… si no debía surgir alguna forma apropiada al porvenir de nuestra civilización, una alianza en la cual el antagonismo de nuestras religiones principales entrarse el medio si no de apagarse, por lo menos de transformarse en benevolentes rivalidades”.

Aspiración generosa que demuestra bien con qué espíritu de solidaridad y de amor, los recién venidos a la libertad deseaban encontrar a aquellos de sus compatriotas cristianos que les habían precedido.

Respecto al cristianismo, sus sentimientos eran de respeto y de confianza. Estimaban que entre estas religiones abrahámicas que son el catolicismo, protestantismo y judaísmo, existe una profunda solidaridad: nada de lo que atañe a una de ellas deja a las otras indiferentes.

Ante las amenazas que hacía pesar el ateísmo sobre el conjunto de las religiones reveladas, ellos se consideraban como solidarios de las dos confesiones: “La conciencia moderna –escribe James Darmesteter, en el prefacio de Les Prophétes d’Israël–, al privar de raíces al cristianismo, se ha privado de raíces a sí misma.

Los franceses de tradición judía piensan que pueden, como sus hermanos cristianos, contribuir a remediar esta crisis de las religiones. Ligados profundamente a su religión no encaran la posibilidad de cambiarla, creen en la virtud siempre actual del pensamiento judío: creen en particular en el valor permanente del profetismo: “En la regeneración religiosa de Europa, el profetismo es todavía una de las fuerzas del porvenir”. Uno de los principales pensadores judíos del siglo XIX, el gran rabino italiano Elie Benamozegh, cuya obra está escrita en francés, comienza su libro capital Israël et l’humanité confesando a la vez su simpatía hacía el cristianismo y su creencia en que el judaísmo tiene todavía un papel a jugar: “No hay judío digno de este nombre que no se alegre de la gran transformación operada (por el cristianismo) en un mundo que ensuciaban en otras épocas tantos errores y miserias morales… En cuanto a nosotros, no nos ha sucedido jamás el escuchar de labios de un sacerdote los salmos de David sin experimentar tales sentimientos. Jamás la lectura de ciertos pasajes del Evangelio nos ha dejado fríos; la simplicidad, la grandeza, la infinita ternura que respiran estas páginas, nos turbaban hasta el fondo del alma. Nosotros tenemos conciencia… de ser tanto más judíos en cuanto rendimos una mejor justicia al cristianismo”. ¿Por qué –continuaba Benamozegh–, el judaísmo y el cristianismo no unirían sus esfuerzos con vistas al porvenir religioso de la humanidad?.

Y creyendo que para el cristianismo una toma de conciencia de sus orígenes facilitaría una renovación, Benamozegh llama con todos sus deseos a “la reforma del cristianismo por el retorno a los principios del judaísmo”, sin que por eso la fe cristiana pierda su teologìa ni sus creencias particulares.

Una tal simpatía por el cristianismo no era, para los escritores judíos emancipados, simplemente una afirmación teórica, una toma de posición intelectual. Cuando Benamozegh habla de la emoción que le inspira la lectura de los textos cristianos, hace ciertamente alusión a muchos momentos de su vida: anticipa igualmente sobre las circunstancias de su muerte, tal como la describe su discípulo Aimé Pallière: “En los últimos días de su vida, el ilustre rabino vivía retirado en una casita solitaria rodeada de verdor en un barrio de Liborno. Cada mañana, al amanecer, mientras ceñido en sus tephilin y envuelto en su amplio tallith decía sus plegarias, el son de las campanas de una iglesia vecina le llegaba con una melodiosa dulzura que daba a toda la naturaleza una voz religiosa, y parecía que al escuchar esta llamada de las campanas católicas, el gran pensador rogaba con más intenso fervor”.

Igualmente las exequias de Joseph salvador se desarrollaron según la ley judía y en un ambiente cristiano: “La conciliación religiosa soñada por Salvador –escribe James Darmesteter–, se realizó en torno a su tumba. El féretro llegado a Vigan el viernes 21 de marzo de 1873 fue depositado en el atrio del templo protestante, cuya campana taño el toque fúnebre... Toda la población protestante y católica de Vigan y de los alrededores vino para acompañar al campo del reposos los restos del noble creyente y escuchar en silencio y con respeto las viejas plegarias hebraicas que vuelven el polvo al polvo”.

“Terminadas las plegarias, el rabino recordó las grandes esperanzas de alianza universal salidas de los labios de los profetas, transportadas a lo lejos por Cristo, y cuyo entero valor y pleno cumplimiento hará captar y conquistar el Dios vivo del porvenir”.

Aspiraciones a la solidaridad de las religiones, de las que es difícil decir estén mas próximas a su realización en nuestro siglo que en el de Salvador y de Elie Benamozegh. Pero ningún acto espiritual, aún contradicho por los hechos, se ha cumplido jamas en vano.

El libro que van a leer ha nacido de una peregrinación al templo donde oficiaba Benamozegh.

La sinagoga de Livorio ha sido destruida durante la guerra: era de las más grandes y célebres de Italia. La comunidad, de la cual Benamozegh fu el jefe espiritual, está hoy tan reducida que, llegando a la ciudad, me oí responder: “No hay más judíos aquí”. La tumba donde él reposa no es ya aquella en la que fue inhumado, habiendo sido transferidos sus restos a otra necrópolis.

Sin embargo, estas pocas horas pasadas en Livorno en la atmósfera en que él vivió, en el fervor de un sábado semejante a los que él celebró, fueron de una gran enseñanza religiosa.

Se accede por un terreno vago, cubierto de hierbas y de ruidos de pájaros, al oratorio de una antigua escuela rabínica destacada, donde se celebra hoy el culto. El oficio del sábado por la mañana, de una duración inusitada en nuestras sinagogas parisinas, dura de ocho a once y media, sin que se interrumpa un instante la melopea de las plegarias y de las lecturas salmodiadas por algunas voces de hombres. Ningún órgano evidentemente, ningún instrumento de música. Ningún instrumento de música. Ningún “aire”, en el sentido de la palabra empleada en un concierto, traiciona la influencia de un rito reciente o de tradiciones profanas. Sino una suerte de flujo ininterrumpido de sílabas dotadas de la simple tonalidad que corresponde a sus vocales; un flujo que ora se hincha en los instantes en que acentúa el carácter sagrado del oficio, que ora al contrario, se calma en los momentos de menor intensidad; un flujo que por un “cresendo” tan simple e imperioso como una respiración humana llega a su apogeo en el momento en que se extraen del tabernáculo los rollo de la Ley, de la Tora. El Shema Israel, afirmación de la Unicidad de Dios (“Escucha Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno”), reviste a menudo en las sinagogas parisinas de rito muy modernizado, las apariencias de un trozo de “bel canto” donde el oficiante, después de un momento de espera, emplea todos los recursos de su arte, todas las reservas de su voz. En Livorno, en el curso de este culto que no ha variado desde Benamozegh, y sin dudad desde siglos, la palabra angular del monoteísmo no tiene nada que anuncie su venida o que marque su comienzo, en este conjunto salmodiado que estalla durante tres horas; es una inspiración entre otras y religada a todas las otras, un soplo quizá más profundo y más acentuado, pero exhalando el mismo ritmo que todas las palabras del oficio. No existe, para proclamar la unidad de Dios, necesidad de un gran aire de ópera ni de un aire de bravura: la voz de los hombres en oración es la sola orquestación conveniente para la palabra elemental de la que ha nacido el judaísmo.

En el momento de las dieciocho bendiciones silenciosas, el canto de los pájaros entraba por las ventanas entreabiertas y parecía asociar al universo a la meditación de los hombres. Todo esto evocaba la idea de un culto familiar y simple, aunque impresionante y sublime. El rabino que no es sino un sacerdote entre todos estos sacerdotes que son los hijos de Israel, que no es un profesional, no tiene necesidad de revestir una sotana para el oficio. Con su chaqueta casi oculta bajo los pliegues de un chal de oración, de un amplio tallith, sentado entre los fieles en el banco central de la sala, vuelto hacia el tabernáculo en todos los instantes del culto, es un poco como el jefe de familia en medio de sus hijos, distinto de ellos simplemente por el respeto que les inspira y por el ministerio que cumple en su nombre.

Se tenía el sentimiento de remontar muy lejos en el pasado de Israel, quizá de reencontrar en algunos instantes la pureza y la ingenuidad de las ceremonias antiguas, en las que han participado los judíos durante milenios, quizá de aquellas a las que asistieron Maimónides, Rashi o bien Hellel, de aquellas en las que participó Jesús.

El oficio judío del tiempo de Jesús, el oficio judío al que Jesús asistió, las plegarias que él pronunció... tal fue la extraordinaria revelación que embargo al autor de este libro, en el curso de la peregrinación al templo de Benamozegh.

¿Es posible que cada día, todavía hoy, los judíos pronuncien las oraciones que marcaron el comienzo del movimiento religioso más extendido de nuestro mundo?. ¿Es posible que un gran número de judíos y la casi totalidad de los cristianos ignoren esta permanecía y no hayan meditado en ella? ¿Cómo es posible que los creyentes, de cualquier religión que sean, no tengan el espíritu obsesionado por un tal misterio persistente después de tantos otros misterios?.

El culto judío de que Jesús ha participado… la idea, arrojada en un espíritu, no puede abandonarle. Durante años ha suscitado reflexiones dispersas o investigaciones difusas. ¿Cómo no sentirse deslumbrado por el resplandor de una evidencia semejante? ¿Como no ser sacudido por este cercanía tan repentina, tan simple, de un tal misterio? ¿Cómo osar hablar y sacar consecuencias de ello?.

Una noche, en la que el espíritu se agita y donde para alimentar su fiebre se toma un libro de sobre los estantes, Pascal viene en ayuda 1. Los años, en el curso de los cuales Jesús pronuncia sus plegarias, son aquellos en los que ha vivido “sin aparecer”; son los años oscuros.

Años oscuros de Jesús… Durante diez años en las casas de oración judías y cristianas, tanto en la Escuela rabínica de parís donde el gran rabi no Schilli ha tenido a bien guiar nuestra inexperiencia, como en el monasterio católico de En Calcat, que nos recibió durante la Pascua de 1959, como también, en el kibboutz israelí de Eín-Hanatsiv que nos recibió en la Pascua de 1960, buscando la huella, o mejor las huellas en estas dos religiones, salidas de una misma tradición.

Investigación que debía, para terminar, conducirnos a los Santos Lugares de Palestina. Investigación de la que ha nacido este libro, que por las vías de la historia se esfuerza en responder a cuestiones espirituales que se plantean todavía hoy.

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jueves 7 de agosto de 2008

LA BIBLIA - LA PALABRA DE DIOS


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miércoles 6 de agosto de 2008

LOS AÑOS OSCUROS DE JESÚS

JUSTIFICACIÓN DE LA EDICIÓN ESPAÑOLA
Los años oscuros de Jesús, el tiempo que transcurre desde los acontecimientos primeros consignados en los Evangelios de San Mateo y San Lucas hasta el comienzo de la vida pública del Maestro, han debido ser de una importancia insospechada para el estudio de la figura de Cristo, y sin embargo, constituyen una tremenda incógnita para nosotros por la falta desoladora de datos.
Robert Aron, un fino escritor judío francés, ha decidido abordar el problema de los años oscuros de Jesús. En realidad, el libro es ante todo una síntesis del pensamiento teológico judío y en la que Jesús sirve más bien de punto constante de referencia. Por otra parte, se insiste en la decisiva dependencia de la doctrina evangélica con relación al pensamiento talmúdico.
El libro, sin duda, será favorablemente acogido en España, donde más bien diríamos que faltan obras que presenten con vitalidad la religión judaica y más concretamente su pensamiento profundamente idealista, la moral y las prácticas talmúdicas, expuestas con la sencillez, la claridad y el sentido de penetración profunda que caracterizan a la obra de Robert Aron. Además, el tema es de especial actualidad porque se sabe que tanto por parte de la Iglesia Católica como del judaísmo existe hoy en día un movimiento que intenta buscar una mutua comprensión y acercamiento, si acaso no fuera posible en el termino de las ideas, al menos en el de las relaciones humanas. Buena prueba de ellos son, por ejemplo, las normas dictadas por la Santa Sede para suprimir de la liturgia las expresiones que pudieran tomarse como ofensivas para el pueblo judío.
Por su parte, la obra de Aron es un ejemplo agradable de la “buena voluntad” que caracteriza a este movimiento judío. La figura de Jesús no sólo está tratada con cariño, sino además con un verdadero respeto a las creencias de los cristianos, de tal modo que se han evitado cuidadosamente, en multitud de ocasiones, planteamientos, respuestas y precisiones, que pudieran rozar los dogmas católicos, y, al revés, se han buscado positivamente expresiones capaces de satisfacer a los cristianos, sin traicionar tampoco el propio pensamiento judío. Obsérvese, por ejemplo, cuando habla del Jesús niño como de un ser “predestinado”.
Por lo que se refiere a la dependencia judaica del mensaje cristiano, que Aron recalca con tanta insistencia, es preciso reconocerla, como no era menos de esperar, teniendo tanto los Evangelios como el Talmud un mismo punto de partida: el Antiguo Testamento, habiendo vivido Jesús el ambiente de sinagoga y siendo en ésta donde nace el movimiento cristiano. Hoy, entre los precedentes del cristianismo como religión, los historiadores dan mucha más importancia al elemento judaico que al helenista. No obstante, creo que el autor en alguna ocasión insiste demasiado en las comparaciones entre la doctrina evangélica y el Talmud, sin considerar suficientemente, a mi modo de ver, que una idea caracteriza a una doctrina no tanto por su simple presencia allí, cuanto por el puesto destacado que en ella ocupa. Por otra parte, tampoco se puede olvidar que, aun teniendo en cuenta su larga prehistoria oral y parcialmente escrita, la redacción del Talmud de Jerusalén es de finales del siglo IV y la del de babilonia del siglo VI, en tato que los Evangelios estaban ya redactados al finalizar el siglo I, todo lo cual obliga a tener mucha cautela cuando se trata de señalar dependencias entre unos y otros.
Fácilmente llamará la atención al lector la apología que se hace de los fariseos y su doctrina, así como la dura critica de la presencia helenistica y romana en el ambiente judío. Figuras como Herodes el Grande, que después de las sugerencias de Toynbee, estábamos acaso dispuestos a sobre valorar en demasía, son aquí rudamente combatidas.
Es interesante notar cómo el autor descarga la responsabilidad de la muerte de Cristo sobre los helenizantes y paganos, salvando a los fariseos; cómo no deja de mostrar su poca simpatía por los sacerdote judíos de ideas religiosas más helenizantes, y aun sus reservas en relación con el templo y hasta con el mismo culto sacerdotal, mostrando en cambio sus preferencias por el culto típico de la sinagoga. Éstas son ideas que si bien nos parecen sugerentes y de indudable valor, no pueden ser compartidas por nosotros en su totalidad, al igual que el hecho de que el cristianismo pueda considerarse, sin más, como el efecto del conflicto cultural y religiosos creado entre Israel y Roma, y otras ideas semejantes.
Estamos seguros que esta obra de Aron será acogida por el lector con el interés y la atención que merece, pues resulta de una extraordinaria utilidad para comprender el ambiente semita en el que se desarrolla la predicación de Jesús, la técnica literaria y la dialéctica de los evangelistas, y por los mismo para ir penetrando en el propio sentido de la doctrina evangélica.
P. JOAQUÍN G. ECHEGARAY
Jerusalén, julio 1962

martes 5 de agosto de 2008

SALUDOS


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LOS AÑOS OSCUROS DE JESÚS

La historia de los años oscuros de Jesús, la que le envuelve desde su nacimiento en Belén hasta su bautismo en el Jordán, puede solo intentarse con criterios aproximativos.
La revelación no nos hace este respecto entrega de noticia alguna. Es a través de la historia de Israel –arqueología, historia de la cultura y consideración del Antiguo Testamento– como tenemos que acercarnos al Jesús callado del Nazaret y del Jerusalén intermedios.
Es por tanto, una labor, en ultimo termino, de conjetura. Robert Aron la desempeña como judío, con un conocimiento vivo del ambiente que describe y con un respeto admirable por lo que para el cristiano está históricamente implicado en la historia misma de la salvación.
Nuestro tiempo continúa cristianamente el tiempo del Mesías en el tiempo de la Iglesia, y la aventura del pueblo de Israel en una de sus catástrofes más estremecedoras, seguida de un intenso empeño de reconstrucción.
Robert Aron no escatima acertadas observaciones acerca del entendimiento del mundo cristiano y judío de hoy. Su libro es también un paso generoso en la tarea del ecumenismo.
El estudio del parentesco original de las verdades cristianas con ambientes judíos contribuye, además de a una situación del misterio cristiano, a una mejor puntualización de toda posible y hasta necesaria polémica.
La breve nota católica que precede a la edición castellana no tiene otro objeto que éste: situar al lector en el punto exacto en que deberá colocarse para comprender las intenciones del autor y la verdadera intención de su libro.