NOTA PRELIMINAR
Los años oscuros de Jesús, esos años que los Evangelios dejan casi enteramente en la sombra. Se sitúan entre su retorno de Belén a Nazareth , en los primeros tiempos de su infancia, y su bautismo por San Juan bautista al comienzo de su predicación. Constituyen, en su existencia en su existencia, un período en el que su destino no comporta ninguno de los signos sobrenaturales que los Evangelios narran en el relato de los acontecimientos anteriores o posteriores. Representa, pues, la parte de la vida de Jesús que un escritor israelita, ligado a sus creencias y representando las de sus hermanos cristianos, puede estudiar sin indiscreción, sin confusión, así como sin renegar de su tradición personal.
Cualesquiera que sena las inagotables dificultades de un tema semejante, existen dos suertes de alientos que incitan a arriesgarse.
De una parte, los de los teólogos cristianos, católicos o protestantes, que, admitiendo la doble naturaleza, humana y divina de Jesús, autorizan implícitamente al autor a limitar su investigación a los datos terrenos de la vida del Nazareno.
Entre ellos, San Cirilo de Alejandría declara: “El prudente Evangelista, habiendo puesto en escena al Verbo hecho carne, muestra cómo cediendo a las exigencias de su propia carne, se plegó a las leyes de la naturaleza que había hecho suya”.
Igualmente; Calvino: “Si no se quiere negar que Cristo haya sido hecho verdadero hombre, no hay porqué tener vergüenza de confesar que se ha sometido voluntariamente a todas las cosas que no pueden estar separadas de la naturaleza humana”.
A juzgar por tales textos, este libro podrá parecer parcial a un espíritu penetrado en la fe cristiana: pero quizá, a pesar de sus limitaciones, no esté, sin embargo, enteramente desprovisto de enseñanzas.
Por otra parte, se sitúa en una tradición intelectual judía, que conviene recordar en el umbral de esta nota preliminar.
Cuando, en septiembre de 1791, la Asamblea Constituyente decidió y votó que todos los judíos de Francia disfrutarían de los derechos civiles con el mismo título que los cristianos, este acto inauguró para los escritores israelitas, emancipados al mismo tiempo que todos sus correligionarios, una de las aventuras espirituales, a la vez más emocionantes y menos conocidas de las que debían marcar el siglo XIX en nuestro país.
Estos hombres, cuyas familias residían a menudo desde hacía siglos sobre nuestro suelo, se veían, por primera vez, asimilados a sus compatriotas, sin que se les pidiese por tanto renegar de su fe religiosa.
Desde hacia siglos, vivían en comunidades cerradas, residían en los barrios especiales de las ciudades, sometidos a menudo a medidas discriminatorias, siempre inseguros de porvenir, siempre marcados desde su infancia por el recuerdo o la huella de las persecuciones pasadas, su cultura era judía al tiempo que francesa. Sus antepasados y ellos mismo, desde hacia siglos, practicaban ese comentario perpetuo de los Libros Santos, que remonta a milenios y que ha constituido siempre el modo original de la meditación judía. La palabra revelada por Dios tenía para ellos a la vez plaza de moral, de sabiduría y de ciencia: en medio de sus contemporáneos, que les rehusaban el estado civil al mismo tiempo que la igualdad, no tenían sino a Dios como apoyo, como consejo, como inspirador.
Es decir que, cuando cayeron las barreras entre sus compatriotas y ellos, abordaron la libertad con un conocimiento judío todavía igual al de las épocas de servidumbre. Y como creían en Dios, como tenían el sentimiento de una alianza particular entre Él y su tradición, tuvieron en primer lugar el deseo de hacer compartir a sus hermanos franceses reencontrados los beneficios de su intimidad con su común creador.
Como escribirá, hacia el final del siglo, uno de los mejores de entre ellos, James Darmesteter: “ Francia, para el judío, no es una patria improvisada en la fiebre de una hora generosa, es una patria reencontrada. Allí, en efecto, la barrera entre judíos y cristianos fue artificial, ficticia y tardía: el odio del pueblo no era una vieja tradición popular y los primeros siglos de nuestra historia nos muestran a los hombres de las dos culturas viviendo juntos sobre un pie de igualdad y en los sentimientos de mutua tolerancia y de mutua estima...”
Evocando esta solidaridad inicial de los cristianos y de los judíos en Francia, James Darmesteter pensaba seguramente en las investigaciones de erudición emprendidas por su hermano Arsene Darmenteter, especialista sobre la Edad Media francesa; éste había demostrado que los comentarios de la Biblia debidos a los rabinos franceses de los siglos X al XIII, entre ellos el del ilustre talmudista Rashi, contienen palabras del francés antiguo, cuya existencia, no conocería sin ellos la filología.
Es pues, una antigua tradición la que los escritores franceses de religión judía, al comienzo del siglo XIX, tienen el sentimiento de reanudar.
Joseph Salvador, que fue el primero de entre ellos que publicó libremente ensayos religiosos y cuya obra hizo hasta tal punto sensación en su época que paul Bourget la cita todavía en sus novelas, consagra un libro a Jesucristo y su doctrina, al encabezamiento del cual declara: “Me importaba sobre todo examinar… si no debía surgir alguna forma apropiada al porvenir de nuestra civilización, una alianza en la cual el antagonismo de nuestras religiones principales entrarse el medio si no de apagarse, por lo menos de transformarse en benevolentes rivalidades”.
Aspiración generosa que demuestra bien con qué espíritu de solidaridad y de amor, los recién venidos a la libertad deseaban encontrar a aquellos de sus compatriotas cristianos que les habían precedido.
Respecto al cristianismo, sus sentimientos eran de respeto y de confianza. Estimaban que entre estas religiones abrahámicas que son el catolicismo, protestantismo y judaísmo, existe una profunda solidaridad: nada de lo que atañe a una de ellas deja a las otras indiferentes.
Ante las amenazas que hacía pesar el ateísmo sobre el conjunto de las religiones reveladas, ellos se consideraban como solidarios de las dos confesiones: “La conciencia moderna –escribe James Darmesteter, en el prefacio de Les Prophétes d’Israël–, al privar de raíces al cristianismo, se ha privado de raíces a sí misma.
Los franceses de tradición judía piensan que pueden, como sus hermanos cristianos, contribuir a remediar esta crisis de las religiones. Ligados profundamente a su religión no encaran la posibilidad de cambiarla, creen en la virtud siempre actual del pensamiento judío: creen en particular en el valor permanente del profetismo: “En la regeneración religiosa de Europa, el profetismo es todavía una de las fuerzas del porvenir”. Uno de los principales pensadores judíos del siglo XIX, el gran rabino italiano Elie Benamozegh, cuya obra está escrita en francés, comienza su libro capital Israël et l’humanité confesando a la vez su simpatía hacía el cristianismo y su creencia en que el judaísmo tiene todavía un papel a jugar: “No hay judío digno de este nombre que no se alegre de la gran transformación operada (por el cristianismo) en un mundo que ensuciaban en otras épocas tantos errores y miserias morales… En cuanto a nosotros, no nos ha sucedido jamás el escuchar de labios de un sacerdote los salmos de David sin experimentar tales sentimientos. Jamás la lectura de ciertos pasajes del Evangelio nos ha dejado fríos; la simplicidad, la grandeza, la infinita ternura que respiran estas páginas, nos turbaban hasta el fondo del alma. Nosotros tenemos conciencia… de ser tanto más judíos en cuanto rendimos una mejor justicia al cristianismo”. ¿Por qué –continuaba Benamozegh–, el judaísmo y el cristianismo no unirían sus esfuerzos con vistas al porvenir religioso de la humanidad?.
Y creyendo que para el cristianismo una toma de conciencia de sus orígenes facilitaría una renovación, Benamozegh llama con todos sus deseos a “la reforma del cristianismo por el retorno a los principios del judaísmo”, sin que por eso la fe cristiana pierda su teologìa ni sus creencias particulares.
Una tal simpatía por el cristianismo no era, para los escritores judíos emancipados, simplemente una afirmación teórica, una toma de posición intelectual. Cuando Benamozegh habla de la emoción que le inspira la lectura de los textos cristianos, hace ciertamente alusión a muchos momentos de su vida: anticipa igualmente sobre las circunstancias de su muerte, tal como la describe su discípulo Aimé Pallière: “En los últimos días de su vida, el ilustre rabino vivía retirado en una casita solitaria rodeada de verdor en un barrio de Liborno. Cada mañana, al amanecer, mientras ceñido en sus tephilin y envuelto en su amplio tallith decía sus plegarias, el son de las campanas de una iglesia vecina le llegaba con una melodiosa dulzura que daba a toda la naturaleza una voz religiosa, y parecía que al escuchar esta llamada de las campanas católicas, el gran pensador rogaba con más intenso fervor”.
Igualmente las exequias de Joseph salvador se desarrollaron según la ley judía y en un ambiente cristiano: “La conciliación religiosa soñada por Salvador –escribe James Darmesteter–, se realizó en torno a su tumba. El féretro llegado a Vigan el viernes 21 de marzo de 1873 fue depositado en el atrio del templo protestante, cuya campana taño el toque fúnebre... Toda la población protestante y católica de Vigan y de los alrededores vino para acompañar al campo del reposos los restos del noble creyente y escuchar en silencio y con respeto las viejas plegarias hebraicas que vuelven el polvo al polvo”.
“Terminadas las plegarias, el rabino recordó las grandes esperanzas de alianza universal salidas de los labios de los profetas, transportadas a lo lejos por Cristo, y cuyo entero valor y pleno cumplimiento hará captar y conquistar el Dios vivo del porvenir”.
Aspiraciones a la solidaridad de las religiones, de las que es difícil decir estén mas próximas a su realización en nuestro siglo que en el de Salvador y de Elie Benamozegh. Pero ningún acto espiritual, aún contradicho por los hechos, se ha cumplido jamas en vano.
El libro que van a leer ha nacido de una peregrinación al templo donde oficiaba Benamozegh.
La sinagoga de Livorio ha sido destruida durante la guerra: era de las más grandes y célebres de Italia. La comunidad, de la cual Benamozegh fu el jefe espiritual, está hoy tan reducida que, llegando a la ciudad, me oí responder: “No hay más judíos aquí”. La tumba donde él reposa no es ya aquella en la que fue inhumado, habiendo sido transferidos sus restos a otra necrópolis.
Sin embargo, estas pocas horas pasadas en Livorno en la atmósfera en que él vivió, en el fervor de un sábado semejante a los que él celebró, fueron de una gran enseñanza religiosa.
Se accede por un terreno vago, cubierto de hierbas y de ruidos de pájaros, al oratorio de una antigua escuela rabínica destacada, donde se celebra hoy el culto. El oficio del sábado por la mañana, de una duración inusitada en nuestras sinagogas parisinas, dura de ocho a once y media, sin que se interrumpa un instante la melopea de las plegarias y de las lecturas salmodiadas por algunas voces de hombres. Ningún órgano evidentemente, ningún instrumento de música. Ningún instrumento de música. Ningún “aire”, en el sentido de la palabra empleada en un concierto, traiciona la influencia de un rito reciente o de tradiciones profanas. Sino una suerte de flujo ininterrumpido de sílabas dotadas de la simple tonalidad que corresponde a sus vocales; un flujo que ora se hincha en los instantes en que acentúa el carácter sagrado del oficio, que ora al contrario, se calma en los momentos de menor intensidad; un flujo que por un “cresendo” tan simple e imperioso como una respiración humana llega a su apogeo en el momento en que se extraen del tabernáculo los rollo de la Ley, de la Tora. El Shema Israel, afirmación de la Unicidad de Dios (“Escucha Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno”), reviste a menudo en las sinagogas parisinas de rito muy modernizado, las apariencias de un trozo de “bel canto” donde el oficiante, después de un momento de espera, emplea todos los recursos de su arte, todas las reservas de su voz. En Livorno, en el curso de este culto que no ha variado desde Benamozegh, y sin dudad desde siglos, la palabra angular del monoteísmo no tiene nada que anuncie su venida o que marque su comienzo, en este conjunto salmodiado que estalla durante tres horas; es una inspiración entre otras y religada a todas las otras, un soplo quizá más profundo y más acentuado, pero exhalando el mismo ritmo que todas las palabras del oficio. No existe, para proclamar la unidad de Dios, necesidad de un gran aire de ópera ni de un aire de bravura: la voz de los hombres en oración es la sola orquestación conveniente para la palabra elemental de la que ha nacido el judaísmo.
En el momento de las dieciocho bendiciones silenciosas, el canto de los pájaros entraba por las ventanas entreabiertas y parecía asociar al universo a la meditación de los hombres. Todo esto evocaba la idea de un culto familiar y simple, aunque impresionante y sublime. El rabino que no es sino un sacerdote entre todos estos sacerdotes que son los hijos de Israel, que no es un profesional, no tiene necesidad de revestir una sotana para el oficio. Con su chaqueta casi oculta bajo los pliegues de un chal de oración, de un amplio tallith, sentado entre los fieles en el banco central de la sala, vuelto hacia el tabernáculo en todos los instantes del culto, es un poco como el jefe de familia en medio de sus hijos, distinto de ellos simplemente por el respeto que les inspira y por el ministerio que cumple en su nombre.
Se tenía el sentimiento de remontar muy lejos en el pasado de Israel, quizá de reencontrar en algunos instantes la pureza y la ingenuidad de las ceremonias antiguas, en las que han participado los judíos durante milenios, quizá de aquellas a las que asistieron Maimónides, Rashi o bien Hellel, de aquellas en las que participó Jesús.
El oficio judío del tiempo de Jesús, el oficio judío al que Jesús asistió, las plegarias que él pronunció... tal fue la extraordinaria revelación que embargo al autor de este libro, en el curso de la peregrinación al templo de Benamozegh.
¿Es posible que cada día, todavía hoy, los judíos pronuncien las oraciones que marcaron el comienzo del movimiento religioso más extendido de nuestro mundo?. ¿Es posible que un gran número de judíos y la casi totalidad de los cristianos ignoren esta permanecía y no hayan meditado en ella? ¿Cómo es posible que los creyentes, de cualquier religión que sean, no tengan el espíritu obsesionado por un tal misterio persistente después de tantos otros misterios?.
El culto judío de que Jesús ha participado… la idea, arrojada en un espíritu, no puede abandonarle. Durante años ha suscitado reflexiones dispersas o investigaciones difusas. ¿Cómo no sentirse deslumbrado por el resplandor de una evidencia semejante? ¿Como no ser sacudido por este cercanía tan repentina, tan simple, de un tal misterio? ¿Cómo osar hablar y sacar consecuencias de ello?.
Una noche, en la que el espíritu se agita y donde para alimentar su fiebre se toma un libro de sobre los estantes, Pascal viene en ayuda 1. Los años, en el curso de los cuales Jesús pronuncia sus plegarias, son aquellos en los que ha vivido “sin aparecer”; son los años oscuros.
Años oscuros de Jesús… Durante diez años en las casas de oración judías y cristianas, tanto en la Escuela rabínica de parís donde el gran rabi no Schilli ha tenido a bien guiar nuestra inexperiencia, como en el monasterio católico de En Calcat, que nos recibió durante la Pascua de 1959, como también, en el kibboutz israelí de Eín-Hanatsiv que nos recibió en la Pascua de 1960, buscando la huella, o mejor las huellas en estas dos religiones, salidas de una misma tradición.
Investigación que debía, para terminar, conducirnos a los Santos Lugares de Palestina. Investigación de la que ha nacido este libro, que por las vías de la historia se esfuerza en responder a cuestiones espirituales que se plantean todavía hoy.
